¿Qué es una boda dionisíaca?

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Dioniso, hijo de Zeus, es el dios del vino, la embriaguez y la fertilidad. En su nombre, Grecia celebraba fiestas que solían acabar en bacanal. Silvia Antolín (Santander, 1970) retomó esa antigua idea y ofició una boda dionisíaca. Nada de lluvia de arroz a la salida, ni venta de trozos de corbata, ni el irritante “que se besen”. Puro festejo de la alegría de vivir.

A ver. ¿Una boda dionisíaca, dice? Unos amigos iban a casarse en el juzgado y decidí montarles una ceremonia más matriarcal, más próxima a la naturaleza. Quería celebrar el amor y el aquí y ahora.

¿Y eso cómo se come? Pedimos a los invitados que vinieran vestidos con túnicas simples y que salieran a recitar, a cantar, a transmitir gozo. Había flores por todas partes. Junto a mis ‘monaguillos’, Curtis y Krònia, elegimos la peor música nupcial del mundo –una marcha con trompetas–, de modo que las risas estallaron desde el primero minuto. Inauguramos un tiempo y un espacio donde todo valía.

¿Los novios reaccionaron bien? La novia, llorando, repetía que no lo iban a olvidar en la vida.

¿Eso era antes o después del vino? Durante. Pero no acabó en bacanal, ¿eh? Que ya tenemos una edad.

Pierde un poco la gracia. Vivimos en un mundo demasiado apolíneo: debemos ser bellos, nuestra vida debe ser perfecta, todo tiene que ajustarse a unos cánones. Es una presión muy bestia. Lo dionisíaco, en cambio, es una manera de ensalzar la belleza desde lo sencillo, lo incompleto, lo que no permanece.

Usted no se gana el pan con eso. ¿O sí? Trabajo con personas con diversidad física y psíquica, cuido a niños, estoy decorando un piso, he tenido un taller de joyería y doy clases de performance.

¡Ahes ‘performer’! Hago arte en acción. Estudié en Londres un posgrado en arte-terapia, y en Barcelona, hice uno de danza movimiento-terapia en la UAB, y otro de Teatro de los Sentidos. Soy la eterna estudiante, jaja.

¿Cómo definir su estilo? Wabi-sabi.

Suena a picante japonés… El ‘wabi-sabi’ se fundamenta en los preceptos zen de la simplicidad, la humildad, la naturalidad. Busco la belleza en la grieta, en la arruga, en el paso del tiempo sobre las cosas.

El mundo le debe de parecer hostil. No, soy animista. Mis padres nos llevaban a mis cuatro hermanos y a mí a misa de domingo, pero eligieron una escuela laica y muy abierta. Aprendí a sorprenderme de la maravilla de la naturaleza. Me llamo Silvia (‘silva’, en latín, es ‘selva’). Soy silvestre.

¿Eso incluye algún tipo de liturgia? No. De niña era introvertida y bailar me liberaba. Estudié danza y flamenco, escultura y, desde el 2001, hago performance. He sido miembro de La Pocha Nostra, un grupo que ha actuado varias veces en el Macba y ha viajado a festivales de México, Portugal, Londres, Polonia. Me interesa sacar el arte de las cajas blancas donde lo han metido para endiosarnos y, a la vez, no ser vistos. El artista debe estar en la calle, en lo cotidiano.

¿Cómo percibe la realidad? Es difícil estar sano en una sociedad tan enferma. Pero el arte sana, permite ver lo que está ahí y no se ve.

¿Qué no vemos y usted sí? Yo intento caminar hacia la luz, como la pequeña Caroline. Veo la sonrisa de una niña y me agarro a ella. He venido a ayudar a los demás. Intento que los demás vean que la creatividad es un instrumento muy poderoso. Hace que la vida tenga valor.